Érase una vez en la antigua China un par de taxidermistas que trabajaban en el palacio del emperador. Eran los mejores de todo el imperio pero les faltaba un único ejemplar: la mariposa dorada, la más bella y también la más dificil de cazar.
Cierto día su majestad imperial les llamó a su presencia y enfadado les dijo que era una vergüenza que en tantos años no lograsen atrapar tan importante e imprescindible pieza para su colección. Era imperdonable y se le había acabado la paciencia. O la cazaban o morirían. Tenían un día entero.
Cuando se retiró el más joven, preocupado por su incierto destino, se agitó mucho y marchó corriendo a por las herramientas para no perder ni un segundo del poco tiempo que disponían. El mayor, más experto y más sabio, comprendió al momento que no había nada que hacer. Lo de la mariposa era un simple pretexto. El emperador quería sustituirles por los recomendados de su última favorita. Había vivido una larga y plena vida y desde hacía dos años que se había quedado viudo de su único amor en lo único que pensaba era en reunirse con ella.
Así pues con calma se dirigió a un rincón especialmente bello y tranquilo de los jardines de palacio a sentarse y meditar.
Cuando llevaba un rato cerró los ojos un momento quedándose traspuesto.
Al poco notó una brisa en la cara y se despertó. Lo que vió entonces fue el espectáculo más bello que había contemplado en toda su vida: cientos de mariposas doradas volaban a su alrededor acariciándole con sus alas.
Se sintió ligero, casi levitaba, una sensación de plenitud como jamás conociera.
En ese momento una mariposa se posó en el dorso de su mano izquierda, como diciendo: "¡Cógeme! soy la respuesta a todos tus problemas".
Sin embargo el taxidermista llevó suavemente la mano cerca de sus labios y sopló: "¡Vuela! ¡qué más da lo que ocurra mañana!".
Al día siguiente fueron ejecutados. Y en la tumba del viejo taxidermista nunca faltaron mariposas.
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